Por Yeter Palmero/ Periodista de Televisión Camagüey
La admiración que José Martí sintió por
Máximo Gómez fue siempre absoluta. Me detuve en el borrador de una carta que le
enviara el Héroe cubano desde Guatemala en 1877 y pude corroborarlo. Son
palabras escritas con mucha honestidad cuando aun no se conocían personalmente.
“General:

Máximo Gómez, -estratega militar que desde
los 16 años se unió al ejército dominicano y en el que había alcanzado el grado
de alférez-; devino también en uno de los líderes protagónicos de la Guerra de los Diez Años en
Cuba.
Para José Martí el joven revolucionario que
amaba la libertad más allá de intereses personales, cuyo destino le deparó a
los 16 años presidio político y luego un injusto destierro,- este General
dominicano era por sobradas razones
digno de admiración y respeto.
Confiaba además en su sabiduría y discreción; por eso le pregunta en esta
oportunidad sobre una misiva enviada a Carlos Manuel de Céspedes por Ignacio
Agramonte cuando renuncia a su cargo de la división de Camagüey, - éstos
últimos, importantes jefes insurrectos durante la Guerra Grande en
Cuba.
José Martí
quería comprender la humanidad y valores de ambos líderes desde la
visión experta de un sabio guerrero: Máximo Gómez, y dice entonces: “las glorias no se deben enterrar, si no sacarlas a la luz… A otros pudiera
dirigirme, en usted fío. No extrañe
este lenguaje, cuando se sirve bien a la Patria, se tienen en todas partes muchos amigos
viejos.”[2]
Revelado el plato fuerte del asunto,
quedaba sólo motivar la solidaridad del General. Martí decide sin dudarlo y con
toda franqueza sintetizar quien es. Se muestra tal cual se percibe a sí mismo,
desde la autenticidad de un revolucionario modesto que en su humanidad
también tiene limitaciones.
El gesto refleja además la confianza que
deposita en quien le leerá y con quien a
partir de entonces forjaría una inquebrantable amistad en medio de los
esfuerzos por lograr la independencia de Cuba.
“De
mi, tal vez nadie le dé razón. Rafael Mendive fue mi padre: de la escuela fui a
la cárcel y a un presidio, y a un destierro, y a otro: - aquí vivo, muerto de
vergüenza porque no peleo.- Enfermo seriamente y fuertemente atado, pienso, veo
y escribo.”[3]
En el cierre de la carta está también el
anhelo ferviente de ser parte activa en los combates; y a la vez incluye la sagrada misión del periodismo con
el poder intrínseco de aunar voluntades, conmover con la palabra, transformar
para bien.
“…
sírvase de darme las noticias históricas que le pido, - que tengo prisa de
estudiarlas y de publicar las hazañas escondidas de nuestros grandes hombres.
-Seré cronista, ya que no puedo ser soldado.”[4]
Ambos héroes unieron sus caminos en muchas
más cartas, encuentros y experiencias, siempre desde el respeto mutuo. Esta
misiva es quizás una de las menos conocidas. En ella se esbozan los cimientos
de la inquebrantable amistad que construirían
en vida.
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